Hoy ha nevado copiosamente sobre Madrid. En este día tan blanco y tan frío me he “tirado” a la calle con ganas de deambular por ahí, sin un rumbo fijo y sin esperar llegar a ninguna parte. Nadie me esperaba en ningún sitio y hacia allí dirigí mis pasos…
La ciudad estaba casi toda cuajada de nieve. Las aceras aparecían ya cubiertas con una muy fina capa de nieve que apenas conservaba su color. En algunas zonas muy pisadas ese color se había convertido en un gris “marengo” que, aunque feo, te aseguraba librarte de una posible caída.
Las plantas también habían sido tapadas casi totalmente por la nieve. Pero aquí la nieve se parecía más a un algodón esponjoso que se coloca encima de las hojas, rozándolas, y permite vislumbrar el color verde. Un verde quizá más vivo debido al frío.
Los coches aparcados tenían todo tapado por la nieve: ventanillas, espejos, techo, matrícula… Allí la nieve acumulada era muy espesa y permitía coger un puñado que muy pronto se deshacía en tus manos.
Después de perderte unas pocas horas por esta ciudad nevada, todo ha cambiado: has disfrutado de algo y no de alguien. Te ha “llenado” un paisaje y no una persona. Cuando te ocurre esto, se puede decir que has disfrutado de un momento mágico especial. Todos los momentos son mágicos…, pero no todos son especiales.
Luego entras en tu casa y aunque no haya nadie, sabes que hay alguien que te estaba esperando y que sabía que eras tú.
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